The Good Wife: Adiós, Mrs. Florrick

The Good Wife ha echado el cierre en el momento justo, cuando la fórmula empezaba a mostrar signos evidentes de agotamiento. Su última temporada probablemente sea la más discreta de todas, pero la despedida de Alicia Florrick ha estado a la altura de los mejores momentos de la serie.

Una virtud que The Good Wife ha sabido mantener a lo largo de sus siete temporadas de emisión es una dedicación especial a sus numerosos personajes secundarios. Lejos de cumplir como meras muletas narrativas, todos y cada uno de ellos, desde aquellos con mayor peso —como Diane, Cary o Kalinda— a aquellos episódicos —como Tascioni o Canning— han dado sobradas muestras de carisma y complejidad. Tanto es así, que todos los espectadores de la serie hemos especulado con la posibilidad de un spin off protagonizado por nuestro secundario favorito. (El mío es Elsbeth Tascioni, sin duda).

Sin embargo, los King siempre han tenido claro que The Good Wife era, por encima de todo, la historia de Alicia Florrick, de modo que nunca han perdido de vista a su protagonista. La clave detrás de Alicia, el gran hallazgo de los creadores de la serie, fue convertir a la heroína perfecta en un personaje incómodo, capaz de generar filias y fobias a partes iguales. En ocasiones, demasiado blanda o ingenua; otras veces, extrañamente irascible, incluso vengativa, Alicia fue siempre un personaje imprevisible que actuaba según un código moral e ideológico difícil de catalogar. Esa zona gris, en la que por otra parte se movían la mayoría de personajes de The Good Wife, ha hecho posible a lo largo de estos años que algunos consideraran a Alicia una mujer fría y calculadora, de una ambición desmedida, mientras que otros defendieran su condición de víctima con la misma coherencia argumentativa.

Tanto Michelle como Robert King han jugado de forma consciente con esa ambigüedad, sabedores de que cada decisión del personaje, desde su premisa inicial, era tema de debate. Un ejemplo de esa autoconsciencia lo encontramos en el episodio “Party” (7×20). Con motivo de la celebración de la inminente boda entre Howard Lyman y Jackie Florrick, Zack regresa a casa, por última vez, acompañado de su novia —y futura esposa— Hannah. La chica no duda en presentarse a Alicia de la forma siguiente: “Me encantó que se quedara al lado de su marido. Mucha gente de mi edad cree que es un retroceso a antiguos tiempos de servidumbre, pero yo creo que es el presagio de un nuevo feminismo”. La cara de Mrs. Florrick ante semejante alegato está entre la incredulidad y la burla. “Si tú supieras…” parece decirle a la joven universitaria con la mirada cansada y la copa de vino —de rigor— en la mano. Porque ésa es precisamente la clave del personaje. Alicia Florrick no ha sido ni un símbolo del postfeminismo, ni una santa, ni tampoco una arpía, ni una cínica, ni una aprovechada, ni una madre coraje, ni la esposa ideal; ha sido todo eso —y mucho más— al mismo tiempo.

A lo largo de toda la serie, Alicia ha evolucionado de forma notable, desde aquella esposa apocada y superada por las circunstancias que nos mostró el episodio piloto, hasta convertirse en una abogada de éxito con una carrera política en el horizonte. Es cierto, dicho sea de paso, que si uno recapitula e intenta ordenar cronológicamente la trayectoria del personaje descubre que el trazo no ha sido limpio; en el proceso ha habido titubeos y tachones mal disimulados. El arco de desarrollo de Alicia no ha ido montado sobre raíles, avanzando a toda máquina, como sí sucedía en el caso de Walter White en Breaking Bad, por poner un ejemplo reciente, pero es comprensible. Los 22 episodios por temporada que exige la televisión generalista en los Estados Unidos son aún un lastre difícil de sobrellevar. De hecho, tanto Michelle como Robert King no han desaprovechado ninguna ocasión para mostrar su disconformidad respecto a esta práctica a lo largo de los últimos años. Por ese motivo, a The Good Wife hay que perdonarle los episodios de relleno, la circularidad de alguna trama que parecía que iba a cambiarlo todo sólo para devolvernos unos episodios después a la casilla de salida y la intermitencia de personajes que pasaron de forma fugaz por Lockart/Gardner —y asociados— con más pena que gloria.

Haciendo uso de un recurso narrativo tan simple como efectivo, los últimos instantes de la serie remiten, de forma circular, a la secuencia de apertura del episodio piloto. A priori, la intención es trazar un paralelismo entre ambos momentos que permita certificar cuánto ha evolucionado la protagonista en todos estos años. Sin embargo, mediante esta estrategia, los King ponen en evidencia que en realidad Alicia no ha cambiado tanto, “in my opinion”. Es cierto que el personaje pasa de propinar una bofetada —merecida— a Peter en el episodio piloto a recibir otra —igualmente merecida— por parte de Diane en “End” (7×22), pero en ambos casos se exhibe fortaleza y vulnerabilidad a partes iguales. En el inicio de la serie, Alicia muestra su lado más combativo reprendiendo públicamente a Peter para, a continuación, mostrarse indefensa y absorta, intimidada por la presencia de fotógrafos al otro lado de la puerta de salida. El mismo patrón se repite en la escena final. Después de mostrar una actitud altiva y desafiante ante el fiscal Fox a lo largo de los últimos episodios, una bofetada de Diane es suficiente para que toda esa seguridad se desmorone y rompa a llorar.

Quizá Alicia nunca fuera una víctima, sino un lobo con piel de cordero capaz de casi todo por proteger a su familia y su estatus social. O quizá sea que las circunstancias nunca le fueron favorables y se viera empujada al pragmatismo como forma de supervivencia. Por un lado, existe una Alicia romántica que a ratos fantasea con una juventud perdida, pero también otra, marcada por un elevado sentido de la responsabilidad, que actúa de acuerdo a aquello que los demás esperan de ella. Y por encima de todo está esa Alicia que siempre ha temido a la soledad.

El contraste entre todas estas dimensiones se expone tanto en el inicio como en la conclusión de The Good Wife con una sutil diferencia: el movimiento. Al comienzo del relato, sólo un fundido a negro —y una conveniente elipsis de seis meses— conseguía rescatar a Alicia de ese pasillo en el que había quedado atrapada, inmóvil, incapaz de reaccionar. Ahora en el final, tras el bofetón, el personaje toma aire y se seca las lágrimas, reajusta su traje y, a continuación, empieza a andar con paso firme hasta salir del encuadre. Ahora somos nosotros, los espectadores, quienes quedamos abandonados en la desoladora imagen de un pasillo vacío, el último plano de la serie. Alicia sigue su camino imparable, pero nosotros la dejamos en este punto. Adiós, Mrs. Florrick.

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